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N O V E D A D E S

º¡Capítulo 26!

ºNuevo relato corto: Senderos del destino.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Capítulo 17

Extravagancias


Surcaba las olas. Llegaba a distancias muy profundas. Podía respirar. ¿Podía respirar? ¡Podía respirar! Exploraba los misterios más profundos del océano. 
Mi cola de sirena me conducía a donde yo quería llegar. ¿Mi cola de sirena? ¡Mi cola de sirena! Mis preciosas escamas brillaban bajo la luz del sol que bañaba el Gran Azul.
Seguí bajando más. Era maravilloso no tener que compensar. ¿No tenía que compensar? ¡No tenía que compensar!
Estaba llegando a mi destino: unas enormes rocas submarinas llenas de vida. Cubiertas de anémonas que movían su cabellera y corales multicolor que lo iluminaban todo.
Vi estrellas de todas formas. Peces payaso, calamares y pulpos. Anguilas. Napoleones. Gambas. Peces multicolor. Caracoles, rayas y esponjas. Doncellas y doradas. Cintas.
Pero no veía toda la roca. Era absolutamente imprescindible ver toda la roca, porque si no la veía, no descubría, y yo tenía que descubrir.
Bajé más y más, la luz del sol ya casi no llegaba a esa profundidad.
Aún así bajé más, y seguí bajando.
Entonces el Sol desapareció por completo y la roca con él. Genial.
Me detuve.
El agua, que antes estaba caliente, ahora era tan fría como el hielo y la cola me empezó a pesar. Ya no era ligera ni se movía con agilidad. Era una carga que me lastraba e incomodaba.
De repente, aparecieron dos grandes y brillantes ojos amarillentos de la nada. Los dos grandes y brillantes ojos amarillentos. ¿Por qué no me dejaban en paz? Volvían a por mí, estaba segura. ¿Qué querían? Se estaban acercando lentamente, como una leona antes de atacar una presa y devorarla.

Huí tan rápido como pude y subí, subí, subí.

La roca reapareció y el Sol volvió a iluminar mis escamas. Mi corazón iba a mil.
De la roca inmensa salió un extravagante pez multicolor que no había visto nunca.
Para mi sorpresa, empezó a hablar:
-Vamos, vamos –dijo. Su voz me resultaba familiar –vamos.
Parecía que me animaba a cruzar una meta.
-¿Quién eres? –pregunté.
El pez se acercó y me besó en los labios.
-Vamos, vamos –prosiguió. ¿De qué me sonaba tanto esa voz?- vamos.
-¿Sólo sabes decir eso?
El pez volvió a acercarse, pero esta vez en vez de besarme me golpeó en el pecho varias veces. Me dolía.
-¡Para! –le grité.
-Vamos, vamos –dijo, con su voz dulce, mientras seguía golpeándome –vamos.
Intenté esquivar sus toques, pero de nada sirvió: mi cuerpo no respondía.
El pez añadió a la secuencia de golpes y “vamos” los besos en los labios.
-Vamos, vamos –decía- vamos.
Entonces, se centró sólo en los golpes en el pecho. Dejó los “vamos” y los besos y siguió pegándome lo más fuerte posible.
-¡Para! –repetí gritando- ¡me haces daño!
Pero no escuchaba, estaba demasiado ocupado haciéndome picadillo.

Inesperadamente, mi cola desapareció y unas piernas la sustituyeron. Empecé a vomitar agua y más agua y noté aire en los pulmones. ¿Aire? ¡Aire!
El pez paró de golpearme. Susurró un “muy bien”, orgulloso de su trabajo y volvió a desaparecer por donde había venido.
Abrí los ojos.




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