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N O V E D A D E S

º¡Capítulo 26!

ºNuevo relato corto: Senderos del destino.


jueves, 8 de agosto de 2013

Capítulo 26

Magia terrorífica


-¿Te ayudo? –preguntó Will, gentilmente. Montar tiendas nunca había sido lo mío. Y Emily estaba ayudando a Jace. ¡Pero en qué estaría pensando!
-¿No tienes que…? –me giré para señarlarle su tienda, pero vi que ya la había montado-. No me vendría mal ayuda –admití, encantada de pasar más tiempo con él.
Me miró divertido y se situó justo detrás de mí, piel rozando piel, para recolocar los palos que sostendrían de techo. Sentía como si me rodease con sus brazos y torso musculados, protegiéndome de cualquier peligro. Ese detalle me hizo sonreír.
-¿Con quién vas a dormir tú? –pregunté, con curiosidad.
-Con Kail –otra larga mirada. Él tampoco parecía querer dormir con quién le había tocado.
Estuvimos un rato en silencio, él trabajando y yo ayudándole con lo que podía.

Cuando terminamos de montar la tienda, entré dentro para guardar mis pertenencias. Los crystalraisers tenían un sexto sentido del espacio. Juraría que cuando entré la tienda había doblado su tamaño. Era muy primaveral. Tenía azulejos y flores violetas pintados en las paredes elásticas y el suelo estaba hecho de alfombras de tonos verdes. Había un pequeño escalón que llevaba a un especie de cavidad que serviría para guardar cosas. El estilo de Emily.
Como esta se había perdido por ahí con Jace, fue Will quién me ayudó a colocar las cosas dentro. No teníamos la mochila de Emily, así que sólo ordenamos las mías. Él ya lo había hecho todo. “¡Pero qué rapidez!”. Cada detallito de esos hacía que cada vez me sintiera más atada a él.
Entre los dos conseguimos meter el enorme colchón doble que Emily había traído y lo situamos en una esquina. Aún y siendo enorme, todavía quedaba mucho espacio. Cuando me tumbé encima, me pareció oler a rosas dentro.
Improvisé unas sábanas con los sacos (Emily sí había dejado su saco ahí) y Will iba sacando cosas de la mochila. Ropa sobretodo.
-Caramba, hasta me dan ganas de dormir ahí –dijo, fijándose en mi trabajo. Yo sólo me sentí capaz de reír. ¿Por qué tenía que dormir con Emily? Aún así, tampoco podía preguntárselo sin más, qué vergüenza… - ¿qué es esto? –había sacado mi diario de la mochila.
Me acerqué.
-Mi diario, mi padre me lo regaló.
-¿Un diario?
-¿No sabes lo que es un diario? –dije, sorprendida.
Me miró curioso. Sus ojos eran de mi color favorito, como un mar claro en un día soleado.
-Pues… -continué- para inmortalizar recuerdos, escribimos nuestro día a día en un libro, un libro como ése –señalé al libro morado.
Lo ojeó.
-Está en blanco.
-Ya… se me había olvidado que lo tenía, pero lo traje para escribir algo.
Lo guardó cautelosamente en una estantería y continuó sacando cosas.
-¡Hola chicos! ¿Qué hacéis? –Emily se asomó con una sonrisa en la cara.
-Nada, colocar un poco todo esto, ya que tú no aparecías… -bromeé.
-¡Jess! ¡Lo siento mucho! Estaba… he perdido la noción del tiempo –parecía nerviosa y feliz. - ¿puedo ayudar en algo todavía?
-No hace falta Em –Will le acarició el brazo afectuosamente- ya casi hemos terminado.
Ahora los dos estábamos sacando la ropa y la ordenábamos en cuatro montones, según si eran camisetas, pantalones, ropa interior o ropa de abrigo. Los zapatos los poníamos abajo a un lado.
-Em, ¿quieres que te guarde la ropa? –pregunté.
-¡No, boba! Podéis iros, lo que quede ya lo arreglo yo, con el esfuerzo que habéis hecho montando la tienda…pero qué despistada soy, madre –nos guiñó un ojo y prácticamente nos empujó fuera de la tienda
-Vaya… -se me escapó.
-Bien… ¿vamos con los demás? –sugirió Will.
Habíamos caminado todo el día y ya casi estaba oscureciendo.
-De acuerdo –dije, aunque en verdad quisiera pasar más tiempo a solas con él.
Pero para compensarlo, me rodeó con un brazo durante el camino. Eran apenas diez metros, pero fue suficiente para gustarme.


Liam y sus amigos habían encendido una hoguera y habían colocado una serie de cinco troncos largos alrededor. Los demás ya habían montado las tiendas y habían desempaquetado. Algunos hasta habían tenido tiempo de ir a pescar al lago y estaban cocinando unos peces tan raros que no supe identificar. El campamento ya era un campamento.
Vi a Jace sentando en un tronco al lado de sus amigos comiendo un bocata que debía medir medio metro. Otra característica de Jace, comía más que un oso pero no engordaba ni un gramo de más.
Fui a sentarme a su lado y dejé a Will hablando con unos conocidos suyos que nos habíamos encontrado. Era encantador aún y no queriendo serlo.
-Jess –dijo Jace cuando me senté -¿Has terminado ya de montar la tienda? ¿tienes hambre?
-Después de esta maratón…¡quién no!
-Ya, también ha sido duro para mí –rió y me dio un trozo del bocata que se estaba comiendo.
-Incluso para ti –señalé, mordisqueándolo.
-Incluso para mí –reconoció.
No sé de qué estaba hecho ese bocata, pero sabía a carne, queso y tomate.
El sol ya se había escondido y la luna se había asomado. Los troncos ya estaban llenos, todos se habían acercado a cenar.
Cuando Emily vino, con una sudadera verde que le iba grande puesta, se sentó a mi lado y charlamos como no lo habíamos hecho nunca. Era la vez que la veía más animada y me fijé en que cada vez que Jace hacía un comentario sus ojos brillaban. 
No tenía frío, ya que la hoguera calentaba mucho, pero seguro que si te alejabas las temperaturas eran mucho más bajas. 
Probé un poco el pescado del lago, parecido al lenguado, y me comí un par de frutas moradas rechonchas y jugosas que respondían al nombre de fancirs.
Will estaba al lado de Emily, hablando con Kail, Ivy y Claire y comiendo tanto o más que Jace. Claro, como era tan corpulento… 
Incluso cuando entre nosotros sólo estaba Emily le extrañaba.
Los árboles eran centinelas gigantescos que nos guardaban del viento; no había tierra, sólo hierba y flores. Se sentía el crepitar del fuego y el correr del agua del lago. Decía la leyenda que ese lago era pacífico y quieto durante el día, pero por la noche se despertaba rugiendo, pues las criaturas que lo habitaban eran nocturnas.
El vino iba corriendo de boca en boca. Cuando me llegó a mí aproveché para echar un traguito. No había nada de malo en ello, no era la primera vez que bebía. Pero sí era la primera vez que bebía vino y no supe decir si era el vino en si que era delicioso o era el vino crystalraiser. El caso fue que no sólo tomé un trago y Jace tuve que quitar la botella de las manos.
-Por hoy es suficiente –carcajeó.

-No te preocupes –señaló Mark –este vino tiene muy poco alcohol. ¡Estamos rodeados de adolescentes, tampoco somos tan irresponsables!
Y más risas de nuevo.
-Aún así, soy tu –recalcó el "tu" con énfasis- responsable.
Cuando todos terminamos de cenar, se levantó un hombre de unos cuarenta años, de facciones alegres y postura chistosa; pidió silencio cómicamente con las manos y volvió a sentarse en el tronco.
-Hace miles de años, cuando Crystalraise aún era joven y sólo un gran y salvaje bosque la gobernaba, existían criaturas oscuras. Las Innombrables. Los cabeza rojos, los travesillos, los brybauds... todos esos eran menores. Quién realmente te ponían los pelos de punta eran Los Negros.
>> ¿Son hombres? ¿Son espectros? Ninguna de las dos cosas, pues nadie se ha atrevido nunca a descubrir qué hay debajo de esas sábanas de humo negro. Pero hay quién dice que si los destapas, sólo un corazón negro, pequeño y putrefacto es cuánto ves, y se desintegra al contacto con el aire. Estos seres reinan en la oscuridad, pues no soportan la luz del sol. Eso sí es seguro: cuando se encuentran a suficiente distancia de un mortal, le succionan el alma despiadadamente, sin inmutarse. Y entonces sólo es capaz de vagar de aquí hasta allí, escondiéndose en lugares oscuros, lejos de la luz del sol, pues empieza a resultarle muy molesta, a medida que pierde facciones y su corazón empequeñece y se hiela. Y entonces se convierte en un señor de la noche, listo para besar a más mortales.
>> Son seres solitarios, y lo único que buscan es alimentarse, pues no hay nada más jugoso que un ser vivo. Los animales les sirven, pero su plato favorito somos nosotros. Vagan en solitario, excepto cuando algo o alguien les une por una causa común. Y todos sabemos a quién le interesa unirles… cuidado, ahora no nos protege el Sol, y no todos los Negros se refugian en la Montaña Prohibida. Sabemos que los Innombrables ahora sólo se esconden al otro lado del bosque… ¿pero quién sabe si alguno anda perdido por aquí cerca? Las noches son largas entre estos árboles…


Y concluyó su relato. Nunca había sido partidaria de ignorar las historias de miedo. Pero el caso era que esas criaturas existían realmente. Y ahora tenía los pelos de punta.
Aún y así yo parecía la única alarmada, ya que fue cuestión de pocos segundos que la atmósfera se alegrara otra vez, así que intenté disimular.
Más tarde sólo se oían canciones, risas y chistes de borrachos, como si ese hombre nunca hubiese contado ninguna historia. De hecho, ese hombre era el que iba más ebrio de toda la pandilla.
Tenía exactamente la pinta de ser un cuenta cuentos. Su mostacho negro y ondulado le daba aires de domador de leones; sus ojos grises tenían chispas perspicaces y tenía una forma de vestir muy peculiar. Todo él era un tópico.
En fin, supongo que estaba un poco paranoica. Si ellos, que habían vivido el ataque en carne propia, bromeaban sobre ello, no tenía por qué preocuparme. Aunque a veces, para esconder el miedo, lo que muchas personas hacen es ignorarlo o reírse de él. Y si ese era el caso el ambiente era inquietante y retorcido.

Pero lo dejé ir y canté con los demás, aún y no sabiéndome la letra. Canciones tristes y alegres, de amor, de amistad, de heroísmo y de traición… iba aprendiendo su cultura poco a poco. Un joven había traído un instrumento y nos acompañaba.
Al cabo de unas dos horas ya empezábamos a tener sueño y algunos ya se habían retirado a sus tiendas. Cada una diferente a la otra. Por eso me gustaban tanto.
Sentí que alguien me tocaba el hombro, reclamando mi atención, y me giré. Era Will.
-Sígueme –me susurró al oído – quiero enseñarte algo.
Se fue sigilosamente entre unas ramas. Le seguí, sin saber muy bien qué estaba haciendo.
Caminó por entre la oscuridad un rato y luego se giró para esperarme. Cuando me acerqué, me cogió de la mano con un simple gesto que me pareció tan natural como respirar. Me dijo que esperara. Tenía un brillo en los ojos que me hacía sentir especial.
El silencio pareció hacerse eterno. Sólo oía nuestras respiraciones. Pero luego, oí una campanilla. Y otra, y más sonidos insólitos.
Will se sentó sobre la hierba y yo le imité. Casi me cubría la cara, pero a él apenas le llegaban a la barbilla.
Entonces, todo se llenó de colores. Azul, morado, verde, ocre, rojo, rosado, púrpura… motitas de colores. Parecían luciérnagas, pero las luciérnagas no tintinean. Una motita se apoyó en mi mano. Y entonces pude apreciarla. Eran… ¡hadas!
Me había quedado sin palabras. Muda.
-Cada noche salen del árbol –murmuró Will, señalándolo – descubrí este lugar cuando era pequeño.
-Son…bueno, son…en mi vida había visto algo así.
El hada que tenía en la palma de la mano empezó a reír. Era turquesa, mi color favorito. Medía unos dos centímetros y propagaba mucha luz. Luego, se fue volando. 
Emily me había contado en una ocasión que cuando su padre vivía, en una de sus expediciones encontró un hada violeta y la domesticó. Las hadas violetas eran las más difíciles de encontrar y las más indomables, pero él pudo, ya que era un explorador avanzado. En teoría, para domesticar un hada tenías que hallar la forma de ganarte su confianza. Y eso era francamente difícil, porque cada hada era diferente. La de Emily se llamaba Violet, ya, no muy original decía, pero sólo tenía tres años cuando se la regaló. Evidentemente, todo eso fueron palabras de Galadryel, pues ella no recordaba nada de su pasado.


Me levanté y me acerqué al árbol. Era anciano y poderoso. Por un agujero salían hadas y más hadas. Fuera, parecía un festival de medianoche. Todo eran lucecitas que bailaban flotando de aquí hasta allí y se reunían en pequeños grupos para charlar sobre lo que fuera que charlasen las hadas.
Me asomé por el agujero. Nunca había mirado dentro de un árbol, pero de haberlo hecho seguro que no se parecería en nada a lo que yo estaba viendo. Ese árbol era su hogar, su escondrijo. Podía ver camitas hechas con pétalos de flor y nueces y una fuente de sabia. Las ramas eran escaleras, toboganes y barandillas y las hojas, puertas y ventanas. No necesitaban luz, pues ellas mismas se la propagaban. Te hacía ganas ser pequeño de repente y poder vivir allí, escondido de cualquier peligro.


Sentí una respiración sobre mi hombro. Me giré lentamente, palpitando, y le miré, tan bello como siempre, apoyado sobre el árbol grueso con las manos; yo, en medio. Empecé a ponerme hiperventilar y seguro que me subió la temperatura. Oí un susurro. Podía haber sido la brisa, el viento, pero me alarmé igualmente, buscando de dónde pudiera proceder.
-¿No te habrá metido miedo el viejo Jon? –sugirió, como si la idea le divirtiese.
-No –mentí.
-No debes preocuparte –me apartó un mechón de pelo con suavidad, tal y como si estuviese cazando – No se acercarán mientras el Sol exista –me sonrió – y si no, tampoco debes preocuparte –se acercó, susurrando- porque yo te protegeré.
-¿Y quién te protegerá a ti?
-No necesito que nadie me proteja –río. Apoyó su frente contra la mía, cerrando los ojos- no soy diez veces menos fuerte y rápido que el resto de los crystalraisers.
A cada palabra le quería más. Su instinto protector, su voz, su ingenio.
Tenía ganas de besarle. Besar esos labios perfectos y carnosos, degustarlos y fundirme en ellos.
Y me gustaba que él pareciera querer lo mismo. Sobre todo eso. Me emocionaba.
Y sólo estaba a poco centímetros de conseguir lo que deseaba. Sólo había algo que me lo impedía.
-Will –susurré. Como no respondió, continué – Will, no. En la reunión se acordó…
-Sé lo que se acordó –ambos teníamos los ojos cerrados, pero nos veíamos.
-No podré quedarme aquí –gemí- No serviría de nada… sólo nos haremos daño.
-Me da igual –murmuró, consternado.
-Will, me borrarán la memoria.
-Da igual.
-No recordaré nada.
-No importa.
-No me volverás a ver.
No respondió. Pareció dejar de persistir, y eso me rompía el corazón. Pero parecía a punto de romper el árbol. Su árbol. Seguro que sería capaz. Aunque probablemente en todo ese mundo todos los seres y objetos estuvieran a la altura de la dureza de los crystalraisers…
Le rodeé el cuello con los brazos. Suspiró, como rindiéndose.
Ojalá pudiese congelar este momento.
Pero si lo hubiese congelado, no hubiera ocurrido nada a continuación.
Casi con brusquedad, me empujó contra el árbol y me rodeó la cintura con sus brazos poderosos.
Parecía que el oír que no me volvería a ver le hubiese dado motivo para besarme como si el mundo estuviese explotando y sólo fuese cuestión de segundos que desapareciésemos.
Yo no se lo impedía; al contrario, yo bailaba con él.
Lo apretaba contra mí con todas mis fuerzas, temiendo que alguien pudiese arrebatármelo. Le rodeaba el cuello con un brazo y la estiraba el cabello con la mano del otro.
Los dos suspirábamos cuando teníamos tiempo de respirar.
No podía pensar en nada más que en él y en cómo me besaba, cómo me acariciaba, cómo me reseguía cada curva, cómo suspiraba y cómo me besaba.
Todo en ese momento se centraba en él. Ni siquiera las hadas, que me había fascinado hacía apenas unos minutos y ahora cantaban y danzaban a nuestro alrededor, podían reclamar mi atención…sólo él.
Me gustaba gustarle. Me gustaba que me quisiese sólo para él.
Cuando ya no desconfiaba que se fuese, solté las manos de su cuello y le quité la camiseta tan rápidamente como su abrazo me permitió para repasarle todo el torso amplio y musculado, tal y como había deseado hacer desde hacía tanto tiempo, acariciándolo de arriba abajo.
Él luego me cogió por la cintura y me impulsó hacia arriba. Yo le rodeé por abajo con las piernas y nos acercamos aún más. Ahora yo era más alta que él y nuestros pechos estaban en contacto. Ambos corazones latiendo como uno sólo; yo sentía el suyo y él debía sentir el mío.
Me cogía por abajo con ambas manos para no dejarme caer, como si de un bebé se tratase, pero a un bebé no se le besa así.
Sus labios no sabían cómo había imaginado. Me sentía la más afortunada del mundo por poder besarlos. Sí que eran dulces, pero ardían de pasión; incansables como el mar, pedían más y más. Y me estremecía al pensar que eran a mí a quién querían. No podía creerme que al fin estuviese sucediendo. Ahora le acariciaba la cara, una cara bella que me pertenecía.

 


Ya no eran escalofríos de miedo lo que recorrían mi cuerpo, sino escalofríos de placer, pasión y amor. A cada segundo tenía más y más calor, y a pesar del frío y de estar sin camiseta, él estaba muy caliente. Y eso me gustaba.



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